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Análisis

El pensamiento y el racionalismo han perdido la batalla frente a la barbarie y la brutalidad

 

Foto: Claudio RAMÍREZ.

 

Miguel Ángel MÁRQUEZ

Supe de los atentados de París el viernes pasado al salir del Teatro Municipal tras la representación del grupo El Zardiné. Las noticias aún eran difusas y contradictorias en ese momento, mas cuando escuché que un grupo terrorista se introdujo en la sala de conciertos Bataclan, disparando balas a raudales, instintivamente pensé que la carnicería era irremediable. No necesitaba que nadie me confirmara nada: sabía por intuición que el emblemático teatro habría colgado el cartel de «complet», como casi siempre en cada uno de los días de los últimos cuarenta años. Lo sé bien, como cualquiera que ha vivido en la capital francesa: hay salas de concierto como la Salle Pleyel, l’ Olympia, Le Moulin Rouge, les Folies Bergères… en donde las entradas se las quitan de las manos. Y el Bataclan era una de ellas.

Y yo tuve la oportunidad de vivir en París entre septiembre de 1989 y junio de 1990, con 21 años recién cumplidos. Ese curso escolar fue para mí, la forja del adulto de hoy. Por eso, le tengo un especial cariño a esta ciudad (como a La Habana y a Málaga) y por eso, la pesadumbre me invadió. De repente se me agolparon mis vivencias personales. Me acordé de los profesores con quien compartí claustro el primer año que di clases en un instituto público; eran magníficos profesionales, comprometidos con su profesión y con una clara vocación de servicio público.

Conformaban la plantilla del «lycée La Fontaine», un centro enclavado en el distrito XVI, el equivalente al barrio de Salamanca. Todo era pintoresco en él: una de sus profesoras, por ejemplo, era familia directa del general de Gaulle, entre sus equipamientos destacaban modernas antenas parabólicas que permitían la enseñanza, entre otros muchos idiomas, del japonés o el ruso con innovadores métodos de aprendizaje y entre los alumnos figuraban desde una princesa iraní hasta hijos de embajadores africanos o actores franceses. En un aula, se mezclaban chavales de muchas nacionalidades y de las tres principales religiones, en perfecta convivencia. La clase social de mis alumnos no era una rémora, sino un privilegio. Y lo sabían.

A la vez que instruía a la placentera clase acomodada de París, acudía en metro en muchas ocasiones a los barrios del norte, Barbès Rochechuart, Saint Denis, La Courneuve… y allí se me desplegaba otra ciudad más propia de África que de Europa, pero de la África pobre, no la de los diplomáticos. Los signos de marginación eran patentes en los edificios, en la dejadez de las calles, en la indumentaria, en el acento y en la vida que allí se me antojaba muy parada en comparación con el ritmo frenético del resto de la ciudad. El desempleo rezumaba por cada rincón, la pobreza campaba a sus anchas, la violencia habitaba la epidermis de una ciudad incapaz de sanar sus heridas abiertas.

 

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Por eso, muchos parisinos no pisaban nunca esas calles, tenían miedo a ellas. Yo no; al contrario. Y no es que fuera más atrevido (nunca lo fui demasiado) sino que en Oyonnax, donde nací, crecí entre familias inmigrantes, muchas de ellas musulmanas; conocía bien sus códigos éticos y entendía sus pautas de conducta. Y eso me permitía caminar algunos años después con despreocupación por esos barrios cuyos moradores en una parte eran extranjeros y en otra, franceses, igual que mis alumnos, pero no tenían las mismas oportunidades. La igualdad era y es la gran falacia de la Francia republicana. Y así es cómo acabé comprobando que la opulencia teje lazos de amistad entre iguales y la marginación siembra la semilla del odio para engendrar a monstruos sin escrúpulos.

Ningún Dios puede cobijar a los terroristas que perpetraron los atentados del viernes. Mataron a jóvenes inofensivos sin ser culpables de nada, ni tan siquiera de las decisiones de sus gobiernos. Los abatieron uno por uno con absoluta arbitrariedad. Desde entonces, no salgo de mi congoja: quizá porque intente buscar una justificación y no la encuentro, quizá porque experimento en mi interior la extraña sensación de que, en esa lotería, me podía haber tocado a mí, a un familiar (mis sobrinos, mi cuñado son franceses) o a cualquier amigo, de Arahal o no.

En cualquier caso, esta aflicción se torna repugnancia cuando las peores previsiones se cumplen, que no por intuidas desde el primer momento son mejor asimiladas cuando se hacen realidad. Me refiero a la noticia de intensificar los bombardeos contra el territorio sirio por parte de Francia. De esa decisión, morirán miles de inocentes, en medio de un cruce de intereses que ni les va ni les viene. Y de ellos nadie hablará; como tampoco, por cierto, de los 41 muertos que provocó otro atentado el jueves pasado en una zona chiíta de Beirut (como si esos no contaran). El Estado francés, y con él los demás países occidentales, lejos de la altura de mira que se le presupone por ser la cuna de la Ilustración, se ha dejado arrastrar torpemente por la espiral de violencia buscada por el Estado Islámico como hizo Georges Bush tras el 11S, al invadir Afganistán y luego Irak.

Así nos fue y así nos irá: hoy el mundo es menos seguro que hace veinte años. Y lo peor: el pensamiento y el racionalismo han perdido la batalla frente a la barbarie y la brutalidad. Dice el escritor francés Michel Houellebecq en su libro El mapa y el territorio que «la humanidad es a veces extraña; extraña y repugnante». Pues eso.

 

Miguel Ángel Márquez González es alcalde de Arahal. Nació y vivió en Francia y fue profesor en el Lycée La Fontaine, crisol de cultura y vanguardia de la enseñanza en el país galo.

Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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