Opinión
«Cuando tienes covid persistente te levantas de la cama sin poder, vives por inercia y no levantas cabeza»
El Covid llegó a mi vida como llegó a la de millones de personas: silencioso, inesperado y envuelto en noticias que parecían lejanas. Pensé que sería una enfermedad más, unos días difíciles y después volvería a la normalidad. Pero la normalidad nunca volvió.
Tuve fiebre cuando aún se suponía que el virus no había llegado a Sevilla. Nos hacían pensar que el virus estaba lejos, que era algo que ocurría en otros lugares, en otras vidas. Pero mi cuerpo ya estaba avisando, y lo que parecía una crisis asmática en aquella consulta de urgencias, se convirtió en un Positivo.
Pasaron las semanas y el virus, que se suponía que debía marcharse, decidió quedarse conmigo. Se quedó en mi cansancio que no desaparece, en alergias e intolerancias a medicamentos con los que nunca tuve problemas, en la niebla que a veces ocupa mi mente, en dolores que nunca se van y cambian cada día de lugar, intensidad y forma. Se quedó en un cuerpo que ya no responde como antes…y también en algo que parecía pequeño, pero que para mí lo cambió todo: dejé de oler.
Yo solo quería oler las cosas que antes olía; el café por la mañana, la comida al cocinar. Los olores sencillos de la vida cotidiana que nunca pensamos que pueden desaparecer.
Y había otra cosa, esa sensación extraña de que mi propio cuerpo ya no es ni era el mismo, porque mi periodo también desapareció con todas las consecuencias que ello conllevaba a mis treinta y pocos años.
La regla dejó de venir, como si mi propio cuerpo hubiera entrado en pausa, agotado, intentando resistir algo que no entendía.
Mientras el mundo empezaba a hablar de recuperación y de volver a la vida de siempre, algunos nos quedamos atrás. Somos los que seguimos caminando con un virus que ya no está… pero que tampoco se ha ido. Los que a duras penas debemos entender que el Covid no acabó con un negativo, sino que nos enseñó que ahora entrábamos en otra etapa.
Vivir con COVID persistente es aprender cada día a negociar con tu propio cuerpo. Es explicar una y otra vez algo que no siempre se ve y convivir con sus síntomas, así como con multitud de tratamientos que no pueden faltar. Es seguir adelante incluso cuando el camino se ha vuelto más lento y más incierto.
Y también es entrar en un vaivén interminable de médicos y pruebas. Consultas, análisis, y especialistas buscando respuestas que muchas veces no llegan, o que llegan demasiado tarde, concretamente 6 años tardes, que es lo que ha tardado mi cita de medicina interna para mirar algo que ya no tiene remedio.
También nos queda otra secuela, la más importante; el abandono de las administraciones que parecen haber pasado página mientras nosotros seguimos sufriendo las consecuencias.
Y así, lo que empezó como una enfermedad se ha convertido para muchos en una lucha silenciosa. Porque aunque el virus ya no esté en los análisis, sigue presente en nuestras vidas y cuerpos.
Y nuestras historias también merecen ser escuchadas.
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