Huelva
La curiosa historia del lepero que salvó a dos vacas del sacrificio y las adoptó como animales de compañía
En los campos tranquilos de Lepe, donde el viento salino del Atlántico roza los cultivos y los caminos de tierra, José Antonio Oria Fernández cuida de dos animales muy especiales. No son perros ni caballos, sino dos vacas que oficialmente figuran como animales de compañía. Su historia, tan insólita como profundamente humana, es el resultado de una mezcla de burocracia, ternura y resistencia.
Todo comenzó hace unos dos años, cuando José Antonio viajó a Sevilla y se topó con dos terneras diminutas destinadas al matadero. Asegura que bastó un gesto para que algo en él se removiera: “Le puse la mano encima y eran muy cariñosas, muy cariñosas”, recuerda. Aquella conexión inmediata lo llevó a tomar una decisión inesperada: “Yo compro la carne que haga falta para el almuerzo pero estas vacas me las llevo para casa”. Las metió en el coche y regresó con ellas a Lepe, decidido a ofrecerles una vida distinta.
Las crio desde pequeñas
Desde entonces, José Antonio se convirtió en su cuidador. Les dio el biberón, el pienso, la paja. Las vio crecer y desarrollar un carácter dócil y afectuoso. Pero pronto chocó con la burocracia: para tener vacas en el campo, la normativa exigía un código de explotación ganadera, instalaciones reguladas y que los animales llevasen los correspondientes crotales en las orejas. Algo imposible en su caso, pues las terneras no tenían esa identificación y, según relata, la OCA incluso llegó a advertirle por escrito de que podrían ser sacrificadas.
Fue entonces cuando descubrió un resquicio legal: la nueva normativa permitía registrar ciertos animales como animales de compañía. Aquello abrió una puerta. “Me moví, busqué un veterinario, les puse microchip y ahora mismo están hechas como animales de compañía. Igual que un perrito, pero más grande”, explica entre risas.
Sus vacas—bautizadas por el veterinario como Tiberia 1 y Tiberia 2—pastorean tranquilamente en su finca, ajenas al revuelo administrativo que su existencia ha generado. José Antonio, por su parte, espera la respuesta formal de la OCA, aunque confía en que prevalezca el criterio veterinario: los animales son de compañía y punto.
Su vínculo con ellas es tan fuerte que ni contempla la idea de sacrificarlas. “A mí me pegan un tiro y me duele menos que a la vaca”, afirma con una sinceridad que no necesita matices.
La historia de José Antonio Oria es, en el fondo, la de un hombre sencillo que decidió desafiar normas pensadas para otro mundo, guiado únicamente por la compasión. Y mientras él posa orgulloso junto a Liberia para una fotografía, las vacas —las primeras de compañía en su vida y quizá también de toda Andalucía— rumian en paz, ajenas a que se hayan convertido, sin proponérselo, en símbolo de una forma distinta de entender la relación entre humanos y animales.
Información: Lepe Actual.
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