Málaga
La San Diego Comic-Con de Málaga y ese lugar donde todavía sabemos ser comunidad

Domingo Delgado.
Durante unos días, entre cómics, disfraces, firmas, figuras y colas interminables, he encontrado algo que fuera de allí cada vez cuesta más: gente que no se conoce ayudándose simplemente porque comparte una pasión, y no sé muy bien en qué momento la Comic-Con dejó de ser para mí solo un lugar al que ir a disfrutar de los personajes de mi infancia, los cómics con los que crecí y las películas que, de alguna manera, me hicieron ser quien soy.
Quizá ha sido después de pasar varios días allí, hablar con gente, hacer colas, buscar firmas y esos números que faltan en mi colección. De descubrir autores y tiendas, conocer a personas con las que llevaba tiempo queriendo encontrarme y, sobre todo, observar lo que ocurría a mi alrededor.

Porque cuando te apartas un poco del ruido, del espectáculo y de las fotografías, descubres algo que acaba importando más que todo eso. La Comic-Con es una comunidad. Y eso me ha hecho pensar en cómo nos relacionamos fuera de allí.
A veces tengo la sensación de que vivimos rodeados de enfrentamientos. Las redes sociales se convierten en trincheras, personas que ni siquiera se conocen se insultan por pensar distinto y demasiadas veces parece que gana quien grita más fuerte. Esa forma de tratarnos acaba cansando.
Y entonces entras en un recinto lleno de superhéroes, villanos, monstruos, cosplayers, cómics y personajes imposibles y ocurre algo curioso: la gente se ayuda.
Personas que no se han visto nunca comparten información para conseguir una firma. Te explican dónde está un artista. Te avisan de que una cola cambia de sitio. Te cuentan dónde encontrar aquella lámina que llevas años buscando. Te recomiendan una tienda porque quizá allí tengan esa figura que te recuerda a tu infancia.

En una cola puedes empezar hablando de cuánto llevas esperando y terminar escuchando una historia personal de la persona que tienes delante. Nadie te pregunta demasiado quién eres. Es más probable que te pregunten qué llevas para firmar.
Da igual tu profesión, tu edad, de dónde vienes o qué piensas de muchas otras cosas. Durante un rato hablamos el mismo idioma: nos apasiona esto. Y eso parece suficiente.
Uno de los momentos que más me hizo sentirlo fue poder hablar con Kevin Smith y hacerle algunas de esas preguntas que llevaba tiempo guardándome. Tener delante a alguien que admiras y poder conversar con él, aunque sea un rato, es parte de la magia de estar allí.
Pero hubo otra conversación, aparentemente mucho más sencilla, que se me quedó todavía más grabada. Hablando con el responsable de Vulca Comics, de Lanzarote, hubo una palabra que repitió varias veces y que me llamó especialmente la atención: comunidad.
Hablaba de las personas que acuden a su tienda como parte de su comunidad, y eso se notaba también en su manera de explicar el trabajo. Le preocupaba conseguir aquellas piezas difíciles de encontrar, esos cómics y objetos de coleccionismo que podían hacer feliz a alguien que llevaba tiempo buscándolos.
Puede parecer una diferencia pequeña, pero para mí cambia la relación. Ayudar a alguien a encontrar una pieza así es también ayudarle a recuperar una pequeña parte de su historia.
Y quizá ahí está otra de las claves de todo esto. Para alguien que no comparte esta afición, puede resultar difícil entender que una persona pueda emocionarse por encontrar una figura, un cómic o una lámina concreta.
Pero muchas veces no estás comprando plástico, papel o tinta. A mí me pasa: encuentro algo y vuelvo por un momento a mi infancia. Tenerlo cerca es una forma de conservar ese recuerdo.

Aquel personaje que te acompañó cuando eras niño. El cómic que compraste con tus primeros ahorros. Ese comic que leía mientras esperaba en la Barbería de Martillo en Lepe. La portada que te marcó. La ilustración que llevas años intentando conseguir directamente de manos de su autor. El objeto es solamente el soporte. Lo importante es lo que significa.
Y alrededor de todo eso también aparecen personas que han convertido esa pasión en su profesión. En la Comic-Con he conocido también pequeños negocios que ofrecen servicios muy especializados para conservar y proteger esas piezas. Es el caso de Comix Extremos, donde me hablaron de la certificación y el encapsulado de cómics, así como de opciones para preservar originales y láminas.
Alrededor de esa afición compartida hay personas que aprenden, se especializan y encuentran una forma de ganarse la vida haciendo algo que les gusta.
No hace falta que pensemos igual en todo ni que seamos amigos. Ni siquiera que nos volvamos a ver. Durante unas horas podemos tener un objetivo común y ayudarnos a conseguirlo. Quizá por eso me he sentido tan cómodo allí. Porque fuera, demasiadas veces, parece que buscamos primero aquello que nos separa.
Allí empezamos por algo que compartimos. Después, si queremos, ya podremos hablar de todo lo demás.
También hubo algo que me dejó una sensación bastante distinta. Me cuesta encajar en esa idea de comunidad que una fotografía con algunos actores pueda costar alrededor de 100 euros. Sobre todo cuando pienso en quien lleva años siguiendo su trabajo y ha esperado horas para conocerlos. A mí, como fan, me resulta un precio excesivo para ese momento.
Ahí siento que la cercanía que esperaba encontrar se queda un poco lejos. Entiendo que las convenciones son también un negocio y que los artistas tienen derecho a cobrar por su trabajo y por su tiempo. Aun así, me chirría que un encuentro al que llegas con tanta ilusión termine dependiendo de lo que puedas pagar.
Es una parte de la experiencia que me cuesta disfrutar y que, para mí, contrasta con la generosidad que encontré en tantos otros momentos.
La Comic-Con tiene, por supuesto, todo el espectáculo que uno espera: grandes nombres, escenarios, disfraces espectaculares, vehículos, fotografías, firmas y compras. Todo eso forma parte de la experiencia. Pero después de vivirlo desde dentro, creo que quedarse solamente con eso es perderse lo más interesante.
Pero detrás de todo ese ruido hay personas que han encontrado un espacio donde hablar de lo que les apasiona sin sentirse raras. Personas que durante el resto del año quizá no encuentran fácilmente a alguien que entienda por qué aquella portada es tan importante para ellas. O que pasan horas en una cola y terminan compartiendo historias y ayudándose sin esperar nada a cambio.
Y eso, sinceramente, me ha hecho sentir bien. Quizá porque estamos tan acostumbrados a hablar de lo mal que está la sociedad y de lo individualistas que nos hemos vuelto que a veces dejamos de fijarnos en momentos como estos.
No sé si la Comic-Con puede cambiar nada de eso. Probablemente no. Pero a mí me ha recordado que todavía sabemos compartir, escuchar a alguien que no conocemos y alegrarnos cuando un desconocido consigue aquello que estaba buscando. Y que quizá necesitamos mucho menos de lo que pensamos para volver a sentirnos parte de algo.
A veces basta con encontrar algo que nos apasione.
Qué curioso que, para recordar cómo comportarnos como comunidad, tengamos que entrar en un recinto lleno de superhéroes.
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