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Opinión

Maricarmen no se va, Maricarmen se queda con nosotros

Publicado

el

Maricarmen
Fidel Romero

Fidel Romero.

Maricarmen ha muerto.

Tenía 87 años.

La echaron de su casa después de haber vivido allí durante 71 años. Salió de aquella vivienda en una camilla y fue trasladada al hospital. Días después, murió sin haber podido regresar a la casa que había sido su hogar durante prácticamente toda su vida.

Pero hay algo que no pudieron desalojar.

Su dignidad.

Y tampoco podrán desalojar aquello que Maricarmen ha despertado.

Porque para mí Maricarmen ya no es solamente Maricarmen.

Es la mujer mayor que puede ser expulsada de su casa después de toda una vida.

Es el pensionista que tiene que elegir entre pagar el alquiler o llenar la nevera.

Es la familia que tiene un hijo dependiente y no sabe cómo afrontar el próximo recibo.

Es la madre que vive con miedo a que una subida del alquiler la obligue a abandonar el barrio donde ha vivido siempre.

Es el joven que trabaja, cobra una nómina y, sin embargo, no puede independizarse.

Es la pareja que quiere comenzar un proyecto de vida y descubre que antes tiene que conseguir una vivienda que pueda pagar.

Y es también quien trabaja durante toda su vida y llega a la vejez pensando que, al menos, podrá vivir sus últimos años en paz.

Maricarmen nos ha obligado a mirar.

A mirar aquello que muchas veces preferimos no ver.

Porque mientras hablamos de la vivienda como una inversión, como un activo o como una oportunidad de negocio, hay personas que simplemente están intentando encontrar un lugar donde vivir.

Y eso debería bastarnos.

Una vivienda no son solamente cuatro paredes.

Es poder levantarse por la mañana y saber que estás en tu casa.

Es tener tus recuerdos, tus fotografías, tus cosas.

Es poder recibir a tus hijos y a tus nietos.

Es poder descansar.

Es poder envejecer.

Es poder hacer planes.

Es poder vivir.

Y vivir no puede convertirse en un lujo.

Porque después de la muerte ya no necesitamos una casa.

La necesitamos ahora.

Necesitamos vivienda ahora.

Necesitamos sanidad, educación, alimentación, energía, cultura y cuidados ahora.

Necesitamos poder vivir con dignidad mientras estamos vivos.

Y ahí está, para mí, la verdadera dimensión de lo que ha ocurrido con Maricarmen.

Durante sus últimos días en el hospital nos pidió que siguiéramos luchando.

Que no nos olvidáramos de las familias que tienen hijos a su cargo.

De quienes cuidan a personas dependientes.

De las mujeres y hombres mayores que pueden encontrarse algún día en una situación parecida a la suya.

Nos pidió que siguiéramos luchando para que la vivienda no fuese un lujo.

Para que siguiera teniendo ese valor social que nuestra Constitución reconoce.

Para que no se convirtiera simplemente en una mercancía con la que obtener rentabilidad.

Y yo creo que tenemos que escucharla.

No podemos convertir su historia únicamente en una fotografía.

No podemos quedarnos solamente con aquella imagen terrible de una mujer de 87 años saliendo en camilla de su casa.

Porque detrás de Maricarmen hay miles de personas.

Y quizá esa sea una de las cosas más importantes que ha conseguido: que muchas personas hayan descubierto que su problema no es solamente suyo.

Cuando una persona no puede pagar su vivienda puede parecer un problema privado.

Pero cuando son miles, cuando son cientos de miles, cuando una generación entera no puede construir un proyecto de vida porque acceder a una vivienda resulta inalcanzable, estamos ante un problema social.

Y los problemas sociales no pueden resolverse haciendo sentir culpable a quien los sufre.

Se resuelven colectivamente.

Por eso el nombre de Maricarmen ha salido de aquella casa y ha llegado a las plazas.

Por eso tanta gente ha salido a la calle.

Porque cuando una persona está sola frente a un problema puede parecer pequeña.

Pero cuando esa persona encuentra a otras detrás de ella, cuando una plaza se llena, cuando los vecinos se organizan y cuando la sociedad entiende que aquello que le ocurre a uno puede ocurrirle mañana a cualquiera, aparece la fuerza de lo colectivo.

Eso es lo que algunos quieren evitar.

Que pensemos que estamos solos.

Que creamos que nuestros problemas son exclusivamente nuestros.

Que miremos hacia otro lado mientras cada familia intenta sobrevivir individualmente.

Porque separados somos más débiles.

Juntos tenemos capacidad para cambiar las cosas.

Y por eso Maricarmen ha sido mucho más que un caso de vivienda.

Ha sido un espejo.

Nos ha obligado a preguntarnos qué sociedad queremos.

¿Queremos una sociedad donde una persona pueda perder su casa después de toda una vida?

¿Queremos una sociedad donde trabajar no garantice poder acceder a una vivienda?

¿Queremos que nuestros jóvenes tengan que renunciar a independizarse, a formar una familia o simplemente a tener un proyecto de vida porque el precio de una vivienda se lo impide?

Yo no quiero esa sociedad.

Porque vivir no es solamente sobrevivir.

Vivir también es viajar.

Es salir al cine.

Es sentarse con los amigos.

Es disfrutar de los hijos.

Es abrazar a los nietos.

Es reír.

Es tener tiempo.

Es hacer proyectos.

Y cuando una parte cada vez mayor de nuestros ingresos se dedica exclusivamente a sobrevivir bajo un techo, también nos están robando una parte de nuestra vida.

Eso es lo que no podemos aceptar.

Por eso Maricarmen nos deja una responsabilidad.

No quiero hablar de ella solamente desde la tristeza.

Quiero hacerlo desde su propia voluntad.

Ella nos pidió que siguiéramos luchando.

Pues sigamos.

Por ella.

Por sus hijos.

Por sus nietos.

Por nuestros mayores.

Por nuestros jóvenes.

Por las familias trabajadoras.

Por quienes tienen personas dependientes a su cargo.

Por quienes viven con miedo a recibir una notificación que pueda cambiarles la vida.

Y por todos aquellos que todavía creemos que una sociedad decente debe garantizar los derechos básicos de las personas.

La vivienda.

La sanidad.

La educación.

La alimentación.

La energía.

La cultura.

Los cuidados.

La dignidad.

No podemos permitir que todo se convierta en mercancía.

Porque hay cosas que no deberían medirse solamente por lo que alguien está dispuesto a pagar por ellas.

Y una de esas cosas es una casa.

Una casa es un hogar.

Y un hogar es una parte de la vida.

A Maricarmen le quitaron su casa.

No permitamos que también nos quiten lo que nos enseñó.

Que nadie está solo.

Que nuestros problemas no tienen por qué ser individuales.

Que cuando la gente se organiza, cuando se une y cuando entiende que lo que le pasa a una persona puede mañana pasarle a cualquiera, aparece la fuerza de la sociedad.

Maricarmen ha muerto.

Pero su pregunta queda viva:

¿QUÉ VAMOS A HACER PARA QUE NO HAYA OTRA MARICARMEN?

Esa es ahora nuestra responsabilidad.

Y quizá el mejor homenaje que podemos hacerle no sea solamente llorarla.

Sea conseguir que algún día podamos decir:

MARICARMEN FUE LA ÚLTIMA.

QUE NUNCA MÁS HAYA OTRA MARICARMEN.

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