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El sueño que muchos no entenderán
La preparación del viaje, desconectar de la monotonía, y como tópico, el viento en la cara. Son algunos de los motivos que llevaron a Sergio, a amar los viajes en moto, a desplazarse en cada premio que se celebraba, con los amigos, y vivir la gran aventura que le suponía recorrer los kilómetros y tumbarse en cada curva.
De niño, su padre lo llevaba a Jerez para ver “las carreras de motos”. Aquel año, Alex Crivillé, se rompió la clavícula en Japón, pero también, fue campeón del mundo.
Tuvo que esperar a tener los 16 años para poder conseguir su primera motocicleta, una Yamaha TZ125 que pudo comprarse en la tienda de motos que visitaba asiduamente en Málaga, con Carrasco, su padrino.
Gracias a los ahorros conseguidos, trabajando los fines de semana en un bar, Sergio salió un día de Navarro Hermanos montado en su Yamaha, camino a Benalmádena, donde residía. Un viaje de apenas veinte kilómetros, que supuso la primera aventura a dos ruedas.
También aparecieron los momentos de crisis, para el joven Sergio. Una madrugada, al salir de trabajar, decidió rodar hasta Almería. La pretemporada había comenzado y “Crivi” se estrenaba con Yamaha, concretamente, con una YZR 500. Una escapada que le salió cara, ya que, al despertar, su moto había desaparecido.
La vuelta a Málaga la hizo de paquete y, durante un tiempo, tuvo que despedirse de una de las cosas que mas amaba. Tiempo para madurar y crear otras etapas en su vida, sin despegarse, en ningún momento, del sonido del motor y el olor a gasolina.
La Yamaha R6 vino unos años después, siendo padre de su primera hija, a la que comenzaba a inculcarle ‘el gusanillo’ motero. Y posteriormente, la Yamaha R1, con la que dormía bajo las estrellas, cuando se escapaba de aventura y la noche le cogía en el camino. Siempre con la precaución, recordando su preciada TZ125.
Tratamiento
Kilómetros viendo cambiar el paisaje, el sentimiento de libertad, el rodar en grupo a las celebraciones de las pruebas, el ambiente de amistad, la convivencia…
Sergio se echaba a la carretera cada vez que podía, para ponerse ‘en tratamiento’, ese tratamiento anti estrés que le suponía disfrutar de su moto, en plena sintonía con ella. A veces, tenía que tirarse al suelo para revisarla, cambios de aceite, cables, limpieza general…
No son pocas las veces que el ahora, no tan joven Sergio, recuerda como su mujer le reprendía, cuando trataba de abrazar a su bebé, con las camisetas llenas de aceite y las manos negras de grasa.
Nunca una discusión, una pelea, un mal ambiente. Entre todos, todo era ayuda, colaboración y ‘buen rollo’ en todos los acontecimientos.
En el libro de su vida, asegura, siempre quedarán escritos los momentos en los que, viajar en moto, eran motivos de felicidad, abrazos, reencuentros con amigos y compañeros de carretera y, sobre todo, la forma en la que, por unos días, el mundo de las dos ruedas era parte de su vida, y los amigos, su familia.
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