Arahal
Setefilla Guerra, la pionera del cine en Arahal
Cuando pensamos en los orígenes del séptimo arte, la imaginación suele viajar hacia las grandes avenidas de París, los teatros iluminados de Madrid o las primeras salas de proyección de Nueva York, pero mientras el cinematógrafo comenzaba a revolucionar el ocio global, en la campiña sevillana, Arahal también empezaba a descubrir el fascinante universo de la imagen en movimiento.
Según ha sacado a la luz el proyecto de la Carta Patrimonial de Arahal, que se desarrolla desde hace unos meses en la localidad bajo la dirección del historiador e investigador José María Martín Humanes (Universidad de Copenhague), detrás de aquella pequeña revolución cultural aparecía un nombre propio: Setefilla Guerra Nieto. Esta empresaria arahalense impulsó en la segunda década del siglo XX (sobre 1916) el conocido Salón Cervantes, un espacio dedicado a espectáculos, teatro y proyecciones que terminaría convirtiéndose en uno de los primeros escenarios de la modernidad cultural de la localidad y su comarca.
Pero la figura de Setefilla trasciende ampliamente la historia del cine local. Viuda, emprendedora y cabeza visible de un negocio familiar, representó a toda una generación de mujeres que, con determinación, rompieron moldes y asumieron responsabilidades económicas en un tiempo en el que muy pocas veces ocuparon el lugar que merecían. Con ella no solo nació el Cervantes, se inició una de las sagas de mujeres empresarias y hacedoras de cultura más singulares de la provincia: los «Fillitas».
Setefilla Guerra y el origen de los «Fillitas»
Los orígenes familiares de los Guerra Nieto se encuentran en Lora del Río, de donde procedía Setefilla antes de establecerse en Arahal. Su vida no fue fácil. Cuando ya era madre de tres hijos y embarazada del cuarto, enviudó. Lejos de resignarse, continuó adelante y rehízo su vida junto a otro vecino del pueblo.

Conjuntamente, empezaron a adquirir terrenos que, tras ser unificados, conformaron el espacio sobre el que se levantaría el Salón Cervantes. Su contribución fue la principal fuerza impulsora del proyecto. Aquellas instalaciones acogieron las primeras sesiones de cine mudo en Arahal, además de compañías teatrales y espectáculos de variedades.
Quienes conocieron a Doña Setefilla la recuerdan como una mujer de pequeña estatura, activa y acostumbrada a gestionar personalmente sus asuntos. En el ámbito familiar era conocida simplemente como «Filla». Con el tiempo, de aquel nombre cariñoso surgiría el apodo «Fillita», que acabaría identificando a toda la familia y al propio cine. Con los años, la fonética popular lo mutó a «Sillitas», pues muchos vecinos creían erróneamente que el alias se debía a las sillas del patio de butacas.
Una vitalidad de hierro
Ana María Catalán Jiménez, esposa de Carlos Maldonado (bisnieto de la fundadora), recuerda perfectamente la impresión que le causó conocer a la matriarca en sus años de noviazgo.
La describe como “una mujer muy graciosa, pequeñita, tenía unas gafas de estas redondas, como las de Quevedo. Vivía en la calle Serrano, era muy emprendedora. Estaba al frente de todo. La recuerdo con una vitalidad increíble. Cuando la operaron de la cadera a los 90 años en el Virgen del Rocío, los médicos apuntaron su caso en los libros del hospital como algo curioso por cómo soportó la intervención. Ya llevaba bastón y decía, coquetamente, que no era por la edad, sino por si se caía».
Al piano, María Josefa Zayas: La música detrás de la pantalla
La primera persona que tomó el relevo en la gestión del salón fue su hija, Setefilla Fernández Guerra (fallecida en 1985), asistida por su hermano Manuel. Ambos criaron a la única hija de Setefilla, María Josefa Zayas Fernández, al compás que marcaba el Cervantes, forjando un entorno familiar íntimamente vinculado al espectáculo. La joven recibió una esmerada formación musical y, fascinada por el piano, encontró en el Cervantes el escenario perfecto para desarrollar su talento.
Durante los últimos años del cine mudo, y bajo la dirección del maestro Godino, María Josefa preparaba y ensayaba las piezas musicales que posteriormente interpretaba en directo para acompañar las proyecciones. En una época sin sonido grabado, su piano era el encargado de transmitir la tensión, el drama y la comedia a los espectadores. Años después, en el piano que los Reyes trajeron a una de sus nietas, aún fue capaz de tocar el himno de España sin partitura, dejando sorprendida a su familia.
Lo cuenta su hija, María del Valle Maldonado Zayas, que evoca hoy con emoción el talento de su madre: «Había en el teatro un piano de pared. Lo ponían detrás del escenario, y mi madre tocaba el piano para las películas de cine mudo. Anteriormente al cine, el Cervantes fue teatro.”
Radiografía de un teatro vivo
Para las familias de Arahal, ir al Cervantes fue durante años un ritual. María del Valle describe con una nitidez asombrosa cómo era la arquitectura del entretenimiento en aquellos años. «Había colas para entrar en el cine. Me acuerdo de la gente esperando en la puerta de la calle San Roque para comprar las entradas. Pasabas por un pasillo grande y, a la derecha, estaban las taquillas. Luego había otro pasillo y, al girar de nuevo, llegabas al patio de butacas».
El edificio no sólo era un negocio, estaba conectado físicamente con el hogar de la familia, creando un ecosistema donde la vida cotidiana y el espectáculo se mezclaban de forma natural. Maria del Valle cierra los ojos y recorre mentalmente esta conexión. «Subías desde el patio de butacas a la platea de la primera planta, donde había unas columnas de hierro y una serie de sillas. Desde allí se accedía a la casa. Lo primero que recuerdo es la despensa y el patio con un aljibe grande donde se mataban los pollos. Luego era todo un corredor ancho con un comedor y un enorme aparador. Había una escalera que subía al soberado, con tres balcones a la calle Serrano y habitaciones grandes donde jugábamos de pequeñas. La casa era preciosa, con muros gruesos, cocina de ladrillo rojo, anafe y fresquera».

Por su parte, Ana María Catalán también recuerda la comodidad de ese pasadizo secreto entre el hogar y el arte: «En el teatro siempre me subía a la platea, que era el lugar de la familia, y desde allí podía entrar directamente a la casa para tomar algo».
De la posguerra a la época dorada: El escenario de las estrellas
Tras la Guerra Civil, el cine y el teatro vivieron una época dorada en Arahal. La necesidad de evasión de una población golpeada por la pobreza convirtió al Cervantes en un lugar de entretenimiento único. «La gente necesitaba cultura, arte, despejar su mente», explica Ana María. «Fueron unos años muy fuertes para el teatro. Las personas necesitaban alguna evasión, ver películas mudas, cabaret o lo que fuera».
Por su escenario pasó lo más granado de la cultura popular española. El telón del Cervantes se convirtió en un improvisado libro de autógrafos donde firmaban los artistas. Allí dejó su rúbrica el actor de teatro lírico Antonio Martelo, y por sus tablas pasó la compañía de Ana Mariscal con la obra El pelo de la dehesa (junto a Joaquín Roa) y cantantes de la talla de Antonio Machín, Juana Reyes, Carmen Flores, Marifé de Triana, Gracia Montes y Juana Reina.
Algunos de estos artistas crearon vínculos personales con la localidad como fue Juanito Valderrama, quien se hizo amigo del gestor del Cervantes en esa época, Antonio de Peña, y terminó comprando un local en Arahal.
Ana María Catalán rememora una estampa inolvidable de aquellos camerinos improvisados en el pueblo: «Me acuerdo, como en un sueño, que un día salí a la puerta y vi a una señora con gafas; era la Niña de La Puebla, que afinaba la voz con el maestro Godino antes de ir al teatro. A Juanito Valderrama también lo vi en la casa de los Godinos».
Carlos Maldonado y los últimos años del Cervantes
El último eslabón de la saga familiar en gestionar el negocio fue Carlos Maldonado Zayas (1948–2011), bisnieto de Doña Setefilla. Aunque durante unos años el cine estuvo arrendado al empresario Antonio de la Peña, el destino del Cervantes volvió a cruzarse con los «Fillitas». Cuando Peña, ya mayor, le ofreció la gestión a Carlos, que había terminado de aprender junto a él todo lo que tenía que saber para la gestión de este tipo de negocio.
Carlos Maldonado revolucionó la programación del cine y en esos años se convirtió en productos; trajo grandes hitos cinematográficos y festivales a la localidad. Su mujer cuenta que «al primer festival que organizó vino la actriz británica Marilyn Cole (protagonista de La Raulito). Carlos conoció a muchas personas del mundo del cine, como el actor Antonio Ferrandis. Yo iba con él a los estrenos en salas de proyección en Sevilla antes de que se comercializaran las películas».
Bajo la gestión de Carlos se vivieron taquillazos históricos en el municipio. «En el Cine Cervantes se estrenó la película de Pipi Calzaslargas, que fue una de las más rentables. Pero siempre decía que la película más taquillera de la historia del cine fue El crimen de Los Galindos; vinieron muchos vecinos de Paradas para verla».
El fin de una era privada
El 29 de enero de 1990, bajo el mandato del alcalde Manuel Bravo García, el pleno del Ayuntamiento de Arahal aprobó la permuta del Cine Cervantes y la casa de la calle Serrano. A partir de esa fecha, el espacio pasó a manos municipales, cerrando el ciclo de la gestión directa de la familia «Fillitas» y abriendo una nueva etapa para el disfrute público de su patrimonio.
El Cine Cervantes lleva años cerrado a falta de la financiación para un proyecto de rehabilitación que no acaba de llegar. Pero si en un futuro vuelve a abrir sus puertas, seguro que, cuando las luces del teatro se enciendan, el tecleo firme del piano de María Josefa y la audacia de Setefilla Guerra siguen resonando entre sus muros.
Arahal tuvo su gran pantalla porque una mujer, hace más de un siglo, se atrevió a imaginarla.
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