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Sociedad

¿Por qué nos afecta tanto el cambio de hora?

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El cambio de hora, una práctica que se repite dos veces al año en España, no solo obliga a modificar los relojes, sino que también puede tener consecuencias sobre la salud. Aunque para muchas personas supone una alteración leve y pasajera de sus rutinas, los cambios en los horarios pueden afectar al sueño, al estado de ánimo, al rendimiento diario y al funcionamiento del reloj biológico.

El organismo humano cuenta con un sistema interno que regula los ciclos de sueño y vigilia, conocidos como ritmos circadianos. Este mecanismo, situado principalmente en el cerebro, responde a señales ambientales como la luz y la oscuridad para organizar funciones esenciales, entre ellas la liberación de determinadas hormonas, la temperatura corporal y los periodos de descanso. Cuando la hora oficial cambia de forma repentina, el cuerpo necesita un tiempo para adaptarse a los nuevos horarios.

Uno de los efectos más habituales es la alteración del sueño. Algunas personas pueden experimentar dificultades para dormirse, despertarse antes de lo previsto o sentir que el descanso no ha sido suficiente. Estas molestias pueden traducirse en cansancio durante el día, somnolencia, menor capacidad de atención y dificultades para concentrarse en el trabajo o en los estudios. La intensidad de los síntomas depende de factores como los hábitos personales, la edad y la regularidad de los horarios.

El cambio al horario de invierno, que en España se produce en octubre, permite retrasar una hora los relojes y, en teoría, disponer de una hora adicional de descanso durante la noche del ajuste. Sin embargo, esto no significa que todas las personas duerman mejor. La modificación también altera la distribución de la luz a lo largo del día, con amaneceres más tempranos y tardes en las que oscurece antes. Esta variación puede influir en los hábitos cotidianos y en la sincronización del reloj biológico.

Por su parte, el cambio al horario de verano, que adelanta los relojes una hora en marzo, suele implicar una adaptación más exigente para quienes tienen dificultades para levantarse temprano. La pérdida de una hora de sueño potencial puede provocar fatiga, irritabilidad y una sensación de falta de energía durante los primeros días. Además, la exposición a la luz por la tarde puede retrasar el inicio de la secreción de melatonina, la hormona que participa en la regulación del sueño, dificultando que algunas personas se duerman a su hora habitual.

El estado de ánimo también puede verse afectado por los cambios en los horarios y en la exposición a la luz natural. Dormir peor puede aumentar la irritabilidad y reducir la tolerancia al estrés, mientras que la disminución de las horas de luz por la tarde puede influir en la actividad social y en las rutinas de ejercicio al aire libre. No obstante, estos efectos no aparecen en todas las personas ni tienen la misma intensidad. Conviene distinguir, además, las molestias transitorias del cambio horario de los trastornos del estado de ánimo que requieren valoración profesional.

La concentración y la seguridad constituyen otros aspectos relevantes. La somnolencia puede reducir los reflejos y dificultar la toma de decisiones, especialmente durante las primeras jornadas de adaptación. Por ello, es aconsejable prestar atención al cansancio al volante y en actividades que requieran una vigilancia constante. Algunos estudios también han observado asociaciones entre las transiciones horarias y determinados problemas cardiovasculares o accidentes, sobre todo en los días posteriores al cambio de primavera. Sin embargo, estas investigaciones no demuestran que el ajuste horario sea la causa única de todos esos acontecimientos.

Los efectos pueden variar según la edad y las circunstancias personales. Los niños y los adolescentes pueden necesitar varios días para ajustar sus rutinas de sueño, mientras que las personas mayores pueden presentar patrones de descanso más sensibles a los cambios de horario. También pueden notar más molestias quienes trabajan por turnos, mantienen horarios irregulares o ya sufren problemas de sueño. En estos casos, la regularidad de las rutinas y una adecuada exposición a la luz natural cobran especial importancia.

Para facilitar la adaptación, los especialistas suelen recomendar mantener horarios regulares para acostarse y levantarse, incluso durante el fin de semana. También puede resultar útil adelantar o retrasar progresivamente la hora de dormir durante los días previos al cambio, según corresponda, y exponerse a la luz natural por la mañana. Mantener una actividad física habitual, evitar las cenas demasiado copiosas y limitar la cafeína durante las horas previas al descanso son otras medidas que pueden ayudar. Asimismo, conviene reducir el uso de pantallas y la exposición a luz intensa antes de acostarse si dificultan conciliar el sueño.

En la mayoría de las personas, las molestias relacionadas con el cambio de hora son leves y desaparecen a medida que el organismo se adapta, habitualmente en unos pocos días, aunque el tiempo puede variar. Si el insomnio, la somnolencia intensa o las alteraciones del estado de ánimo persisten, interfieren de forma importante en la vida cotidiana o se acompañan de otros síntomas preocupantes, es recomendable consultar con un profesional sanitario.

El cambio de hora es, en definitiva, una modificación que va más allá de ajustar las agujas del reloj. Su repercusión depende de la capacidad del organismo para sincronizarse con las nuevas señales de luz y con las rutinas diarias. Mientras continúa el debate sobre la conveniencia de mantener los cambios estacionales, cuidar el descanso, respetar los ritmos personales y aprovechar la luz natural son medidas prácticas para afrontar la transición con el menor impacto posible sobre la salud.

Periodista corresponsal de la Agencia EFE, El Correo de Andalucía, eldiario.es... entre otros medios. Cubre principalmente Huelva y Sevilla en varios medios radiofónicos y prensa digital.

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