Opinión
A Lorca no lo mataron: Sigue hablando

Fidel Romero.
«Verde que te quiero verde…»
Hay versos que sobreviven a quienes intentaron silenciarlos. Hay palabras que atraviesan las décadas, las fronteras y hasta las balas. Y hay hombres a los que quisieron asesinar para borrar no solamente su vida, sino también aquello que representaban.
Federico García Lorca fue uno de ellos.
Este 18 de agosto se cumplen 90 años de su asesinato. Noventa años desde que unos hombres decidieron que aquel poeta granadino, aquel dramaturgo, aquel intelectual, aquel hombre sensible y profundamente comprometido con la cultura y con la dignidad humana tenía que desaparecer.
Pero cometieron un error.
Mataron a Federico García Lorca, pero no pudieron matar a Lorca.
No pudieron matar su poesía.
No pudieron matar sus obras.
No pudieron matar sus personajes.
No pudieron matar su sensibilidad.
No pudieron matar sus ideas.
No pudieron matar esa manera suya de mirar Andalucía, de entender el dolor, el amor, la injusticia, la muerte, la libertad y la condición humana.
Y, sobre todo, no pudieron impedir que Lorca siguiera hablando.
Hoy Lorca habla en los teatros.
Habla en las aulas.
Habla en las bibliotecas.
Habla en las plazas.
Habla en los escenarios donde niños y niñas representan sus obras.
Habla cada vez que alguien abre un libro suyo.
Habla cada vez que un actor interpreta La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre o Yerma.
Habla cada vez que alguien recita sus versos.
Habla en Granada, en Andalucía, en España y en cualquier rincón del mundo donde alguien tenga la sensibilidad suficiente para escucharle.
Lorca vive. Y sus asesinos han pasado a la historia precisamente por aquello que intentaron hacer desaparecer.
Por eso entiendo perfectamente las palabras de Antonio Maíllo cuando responde a Juanma Moreno y le dice: «Tiene tela citar a Lorca».
Porque sí, tiene tela.
Tiene tela reivindicar hoy a Federico García Lorca y, al mismo tiempo, gobernar con quienes han hecho de la memoria democrática una batalla política.
Tiene tela hablar de Lorca como símbolo universal de Andalucía y no asumir que conocer a Lorca significa también conocer las circunstancias de su asesinato.
Tiene tela hablar de su legado y mirar hacia otro lado cuando se pretende relativizar, cuestionar o borrar la memoria de quienes fueron asesinados, perseguidos, encarcelados o represaliados por defender una sociedad diferente.
Porque Lorca no es solamente un poeta al que podemos utilizar para adornar un discurso institucional cada 18 de agosto.
Lorca es también memoria.
Lorca es libertad.
Lorca es cultura.
Lorca es sensibilidad.
Lorca es dignidad.
Y reivindicar a Lorca significa reivindicar también el derecho de un pueblo a conocer su propia historia.
Por eso me parece acertado que Antonio Maíllo haya puesto el dedo en la llaga.
Juanma, si leer a Lorca es conocer el alma de Andalucía, hay que leerlo entero.
Y leer a Lorca entero significa saber quién lo persiguió, quién lo detuvo, quién lo asesinó y qué España era aquella que decidió disparar contra uno de sus mayores poetas.
Pero hay algo todavía más importante.
Hay que preguntarse qué España queremos construir nosotros hoy.
Porque hoy vemos cómo quienes se sientan en las instituciones, pactan y gobiernan con fuerzas que no esconden su nostalgia por la dictadura, que reivindican sin complejos a Franco o que cuestionan abiertamente la memoria democrática, forman parte de la vida política de este país.
Y eso no es una cuestión del pasado: es una realidad del presente.
Son aquellos con los que cada día se discute sobre la memoria democrática, sobre cómo mirar nuestro pasado y sobre si debemos recordar o dejar atrás a quienes fueron víctimas de aquella dictadura.
Y eso es lo que entiendo que Antonio Maíllo está poniendo encima de la mesa cuando le dice a Juanma Moreno: «Tiene tela citar a Lorca».
Porque no estamos hablando de una responsabilidad penal heredada.
Estamos hablando de una responsabilidad política presente: de qué memoria defendemos, con quién construimos nuestras mayorías y qué hacemos cuando quienes cuestionan esa memoria se sientan a nuestro lado en las instituciones.
Y ahí está la contradicción.
Porque Lorca representa precisamente aquello que cualquier proyecto democrático debería proteger: la cultura frente a la censura, la libertad frente al miedo, la diversidad frente al pensamiento único y la dignidad humana frente a cualquier forma de desprecio.
Por eso no basta con decir:
«¡Leer a Lorca es conocer el alma de Andalucía!».
Hay que preguntarse qué hacemos nosotros para que esa alma siga viva.
Y aquí es donde Lorca vuelve a hablarnos.
Porque él entendió como pocos que detrás de cada injusticia hay seres humanos.
Que detrás de cada tragedia hay una historia.
Que detrás de cada silencio puede haber una víctima.
Que la cultura no es un adorno de los gobiernos, sino una herramienta para hacernos más libres.
Y que una sociedad que olvida acaba estando condenada a repetir sus peores errores.
Por eso me gustaría decirle algo al presidente de la Junta de Andalucía:
No basta con reivindicar a Lorca. Hay que defender aquello por lo que Lorca sigue siendo Lorca.
Hay que defender la memoria.
Hay que defender la cultura.
Hay que defender la libertad.
Hay que defender a quienes sufren.
Hay que defender a quienes son perseguidos por pensar diferente.
Hay que defender la dignidad de cada ser humano.
Y hay que defender una Andalucía que no tenga miedo de mirar a su pasado de frente.
Porque Lorca no necesita que ningún presidente lo reivindique.
Lorca ya ha ganado.
Lo intentaron matar una madrugada de agosto de 1936.
Lo enterraron en algún lugar que todavía hoy sigue siendo una herida abierta.
Creyeron que con su cuerpo desaparecería su voz.
Pero se equivocaron.
Noventa años después, Federico García Lorca continúa hablando.
Y cada vez que alguien lee uno de sus versos, cada vez que se levanta el telón de uno de sus teatros, cada vez que un niño descubre su poesía, cada vez que una mujer se reconoce en sus personajes, cada vez que alguien lucha por la libertad y contra la injusticia, Lorca vuelve a vivir.
Sus verdugos apretaron el gatillo.
Pero no pudieron disparar contra la poesía.
No pudieron disparar contra la memoria.
No pudieron disparar contra la sensibilidad.
No pudieron disparar contra la libertad.
Y mucho menos pudieron disparar contra la eternidad.
Por eso hoy, 90 años después, yo no quiero recordar solamente cómo murió Federico García Lorca.
Quiero recordar por qué sigue vivo.
Porque quizá esa sea la mayor derrota de quienes quisieron asesinarlo:
que ellos desaparecieron y Lorca sigue hablando.
Y seguirá hablando mientras exista alguien dispuesto a escuchar.
«Verde que te quiero verde.»
Sí, Juanma.
Leer a Lorca es conocer el alma de Andalucía.
Pero conocer Andalucía también significa conocer su memoria.
Y la memoria de Andalucía no se puede reivindicar a ratos.
O se defiende entera o no se defiende.
Porque a Federico García Lorca pudieron asesinarle el cuerpo.
Pero a Lorca no consiguieron matarlo.
Y eso, noventa años después, es lo que más debería dolerles a quienes apretaron el gatillo.
Lorca sigue vivo.
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