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Opinión

No hay sangre pura, hay personas dignas

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Francia seleccion
Fidel Romero

Fidel Romero.

Hay frases que no son un simple desliz. Hay frases que despiertan los peores fantasmas de la historia.

Cuando Mariano Rajoy afirma que la selección francesa juega “sin franceses”, no está hablando de fútbol. Está señalando a millones de personas por el color de su piel o por el origen de sus padres. Está insinuando que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Que hay franceses —o españoles— que, por mucho que nazcan, vivan, trabajen, amen o defiendan a su país, nunca serán suficientemente franceses o suficientemente españoles.

Ese discurso ya lo hemos escuchado antes.

Lo escuchamos cuando el fascismo levantó la bandera de la raza superior. Cuando Hitler convirtió la pureza racial en una doctrina política. Cuando se pretendió dividir a los seres humanos entre los que merecían pertenecer a una nación y los que debían ser apartados de ella.

La historia ya juzgó aquella barbarie.

España nunca ha sido una tierra de sangre pura. España es mestizaje. Es mezcla de pueblos, de culturas y de generaciones que fueron construyendo un país diverso. Somos el resultado de siglos de convivencia, de migraciones, de encuentros y también de dificultades compartidas.

¿Quién puede decir hoy que Lamine Yamal no es español? ¿Quién puede mirar a Nico Williams y negar que representa a España con el mismo orgullo que cualquier otro futbolista? Cuando marcan un gol, el país entero celebra. Porque la patria no es una bandera que uno se envuelve sobre los hombros ni un himno que suena antes de un partido. La patria son las personas que la construyen cada día. Es la gente que la ama, la respeta, la cuida y trabaja para hacerla mejor. En eso, Lamine Yamal y Nico Williams representan exactamente la misma patria que cualquier otro compañero de selección.

Porque ser español no depende del color de la piel.

Ser español es nacer aquí o elegir este país para vivir. Es respetarlo. Es quererlo. Es trabajar para hacerlo mejor. Es pagar impuestos. Es educar a los hijos. Es levantar cada mañana la persiana de un pequeño negocio. Es cuidar de nuestros mayores. Es barrer nuestras calles. Es recoger la fruta que llega a nuestras mesas. Es trabajar en los invernaderos bajo un sol abrasador. Es recoger aceitunas, fresas, cebollas o ajos mientras otros ni siquiera conocen el esfuerzo que supone ganarse el pan con las manos.

Hace mucho más por España quien se levanta a las cinco de la mañana para trabajar que quien dedica su vida a sembrar sospechas sobre sus propios compatriotas.

La verdadera patria no se mide por los apellidos ni por el color de la piel. Se mide por el esfuerzo. Por la solidaridad. Por el compromiso con la sociedad.

El racismo comienza muchas veces con una frase aparentemente inocente. Con una broma. Con un comentario. Con la idea de que unos pertenecen más que otros. Y cuando esa idea se normaliza, deja de ser una opinión para convertirse en una amenaza contra la convivencia.

No podemos permitirlo.

Porque cuando se señala al diferente, mañana cualquiera puede convertirse en el diferente.

Defender el mestizaje no es una cuestión ideológica. Es defender la realidad. Defender la democracia. Defender la igualdad que proclama nuestra Constitución. Defender la dignidad humana.

No existen ciudadanos de primera y de segunda.

Existen personas decentes y personas que alimentan el odio.

Y España siempre será mucho más grande gracias a quienes construyen puentes que a quienes levantan muros.

Imagen: @equipedefrance

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